lunes, 10 de noviembre de 2014

La niña libélula

Aquella mañana, lucía un sol espléndido, una pequeña niña libélula, revoloteaba feliz por el bosque, era tímida por eso se escondía entre la brisa suave, tras el aleteo de un pájaro o en la gota de rocío, le gustaba jugar, volar y era amante de la naturaleza. Luzila, la niña libélula, tenía un don, era capaz de verlo todo, absolutamente todo, adivinaba cuando iba a llover, cuando saldría un rayo de luz, cuando alguien decía una mentirijilla por pequeña que fuera, cuando iba a nacer otro ser vivo, cuando alguien volaría lejos para siempre... aquello era muy especial, pero a la vez muy complicado; sin embargo, todo eso no importaría, si pudiera contárselo a alguien, si tuviera alguien con quien compartir esos instantes, porque era tan tímida, que cuando intentaba hablar, se quedaba en blanco, no salían las palabras y su brillo natural, se apagaba, así que desde muy pequeña, se alejaba de las demás, por temor a quedarse en blanco, aprendió a jugar con las hojas, con las flores, con los rayos de sol...que le regalaban momentos felices.

Aquella mañana jugando en el bosque, observó a lo lejos a otra niña libélula que lloraba desconsolada, se acercó a ella y extendió su dedo, el lugar donde se concentra todo el poder de una niña libélula, un gesto único, un instante en el que no hacen falta palabras para comunicarse si el otro ser está en tu misma sintonía... la otra niña, también extendió su dedo y sonrió, juntas se fueron a jugar en el silencio compartido y jamás se volvieron a sentir tristes y solas. 

Cada una vivía su vida, vivía sus dones y al encontrarse en la noche de nuevo, compartían lo vivido, mientras su luz transformaba en brillo alguna estrella dormida.
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